jueves, 30 de diciembre de 2010

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Objetivo cumplido:
Moscu,India,Nepal, Thailandia, Laos, Camboya,Malasia,
Myanmar y Indonesia 
( 5 meses y 9 paises)
                             

Vinimos con lo puesto y salimos con el vivido






 

lunes, 13 de diciembre de 2010

BOMBAY - Adiós India


Aquella mañana nos tocó esperar por algún autobús hasta la ciudad de Aurangabad. Allí tomaríamos un tren directo a Mumbai. En esencia el plan parecía sencillo, sin embargo al final resultó algo ajetreado. Decidimos que en Mumbai diríamos adiós a India. Ya habían transcurrido dos meses por estas tierras, y no queríamos quedarnos sin tiempo para visitar otros destinos. Barajamos la posibilidad de tirarnos unos días en las playas de Goa, pero la verdad es que se nos hacía la boca agua imaginando las de Tailandia. En cuanto llegamos a Aurangabad nos fuimos corriendo a un cyber para comprar el billete a Bangkok para el día siguiente. Con las mismas nos fuimos a la estación de tren a comprar el billete para Bombay. Esta todo lleno! nos dicen en la taquilla. JA! casi nos da la risa. Pero oiga es que necesitamos coger una avión mañana, ¿No hay ninguna posibilidad de viajar en ese tren? Insistimos. Era la primera vez no encontrábamos billete para viajar el día que queríamos y nos pilló completamente desprevenidos. Sólo os queda una opción, y es madrugar mucho, entrar en el tren aunque no tengáis asiento, y explicarle al revisor que es una cuestión de emergencia, nos explicó el funcionario de la estación. No es que nos tranquilizara mucho aquella sugerencia, pero que podíamos hacer, no teníamos alternativa. Era eso o perder el avión, ya que con el resto de conexiones posibles no llegaríamos a tiempo.


Fuimos de los últimos en subir al tren, teníamos la sensación de ser dos polizones y la esperanza de que alguien hubiese desistido de viajar a última hora. Al final todo fue mucho más tranquilo de lo que esperábamos. Fuimos sentados casi las seis horas que duró el viaje.

 
Nos plantamos en Mumbai a eso del medio día. Dejamos nuestras mochilas en la consigna de la estación y nos fuimos a conocer la ciudad. Ese día caminamos bastante, comimos en un lugar chic y caro para nuestro presupuesto, pero un día era un día. Estaba cerca de uno de los principales puntos turísticos de la ciudad, la Puerta de India, construida en conmemoración de la visita de los reyes británicos en 1911, y que paradójicamente también fue el arco por donde pasaron las últimas tropas del imperio al abandonar el país antes de la independencia definitiva de India.



A espaldas del monumento y mirando al mar uno de los hoteles más lujosos de la ciudad, el Taj Mahal Palace, donde nos tomamos un café, no daba para más. Su fundador y creador, Jamsedji Tata, decidió construirlo después de que le fuera negada la entrada en un hotel de características similares debido al color de su piel y durante el tiempo que duró la colonización.


Poco más tuvimos tiempo de conocer, un rápido paseo por la estación Victoria o Chhatrapati Shivaji Terminal y patrimonio de la UNESCO, y tirar unas fotos al cercano edificio de correos que data de la misma época e idéntico estilo victoriano.



Negociamos un precio cerrado con uno de los tantos taxis que transitan por la ciudad, y que se asemejan a los que circulan por las calles de Londres, salimos pitando a por nuestras mochilas y de allí al aeropuerto.


Mumbai, tal vez por su pasado colonial, o tal vez por ser una ciudad portuaria, no nos sofocó tanto como Delhi. Tampoco nos llegó a entusiasmar, ya que tiene todos los ingredientes de las grandes ciudades indias, mucho tráfico, polución de todo tipo y millones de personas por sus calles. Sin embargo nos pareció algo más abarcable de lo que en su día lo fue Delhi.


Mientras esperábamos para embarcar nos embargó una sensación agridulce. Sabíamos que aún nos quedaba mucho por conocer del gran país que es India, pero a la vez estábamos plenamente satisfechos y felices por como habíamos conducido y aprovechado nuestra experiencia. Volveremos preguntó Jones, volveremos respondió Indiana.



Namastë Incredible India!
 Comimos buena parte de la ensalada que configura India y su cultura ancestral, es para chuparse los dedos. Navegamos en sus contradicciones y dilemas para con la modernidad que se abre paso inexorablemente, implacable incluso con la religión mayoritaria, plagada de dioses, supersticiones, y mitos tan antiguos como el tiempo. Aprendimos de la filosofía cotidiana de sus gentes, tan afable y sorprendentemente pacífica que a veces resulta inexplicable para nuestras mentes occidentales. Adiós India, cuídate mucho e intenta no perder tus esencias, tus colores, y tus maravillosas mil y una noches.

domingo, 12 de diciembre de 2010

LONAR - Con los pies en el espacio

  

El cráter en roca basáltica por impacto de meteorito más antiguo
del mundo, cincuenta y dos mil años y uno punto ocho kilómetros
de diámetro. El perfil de material expulsado son similares a las estructuras
de material expulsado fluidizado observadas en Marte.




 
La ciudad más próxima al cráter parecía un polvoriento pueblo del far west. No había occidentales por allí, o por lo menos no los vimos, hasta los propios indios nos miraban como diciendo ¿qué se os a perdido aquí? El ambiente de la ciudad era sin embargo amigable y nos sentimos bien recibidos.  Ese mismo día caminamos hasta el cráter con la ilusión de poder darnos un chapuzón en las aguas del lago que cubre el fondo. Algunos textos y sitios en internet lo recomendaban por sus propiedades beneficiosas para la piel.






Nos sorprendió la dimensión de tan tremendo agujero. Aquel impacto tuvo que ser descomunal, incluso se sospecha que parte del meteorito esté aún enterrado a unos seiscientos de metros bajo la superficie del lago.


Comenzamos el descenso al lago por una empinada pendiente. Al llegar abajo ya observamos las ruinas de uno de los diversos templos localizados en sus orillas. Allí encontramos un grupo de jóvenes que descansaban a la sombra y nos saludaron efusivamente. Seguimos nuestro camino para llegar al agua, pero tuvimos que ser rescatados por los mismos muchachos que habíamos encontrados unos minutos antes, y que amablemente nos indicaron el camino correcto y nos acompañaron hasta el único templo activo.


Allí descansamos a la sombra de un gran árbol, nuestros amigos se dieron un chapuzón que a Jones le dio mucha envidia, pero no tuvo el coraje de sumergirse en aquella agua. Aunque en aquella zona de la laguna parecía apetecible, vimos otros lugares durante el paseo donde el agua desprendía un hedor insoportable y acumulaba mucha basura.



Creímos que lo más juicioso sería no arriesgar a pesar de lo refrescante que parecía y de las promesas de tratamiento de belleza gratuito. Allí compartimos nuestro piscolabis con nuestros amigos, les dimos de comer a los monos que merodeaban por los alrededores y nos relajamos durante toda la tarde.


           


                            =========monkiiiii=========:)
                                          


Emprendimos el camino de vuelta con tiempo suficiente de alcanzar nuevamente la superficie del cráter antes de que el sol se hubiera puesto. Cuando llegamos a la parte más alta encontramos grupos de gente local y muchos niños que se habían acercado hasta el lugar para contemplar el rojizo sol ocultándose en el horizonte. Nuevamente aquel espectacular sunset fue el final perfecto a una jornada ideal.
Después de aquello sólo nos quedaba buscar un lugar amigo donde cenar algo y planificar la siguiente jornada.














































viernes, 10 de diciembre de 2010

AJANTA - FABULOSO MUNDO



Nuestra capacidad para visitar templos aún estaba lejos de agotarse, así que pusimos rumbo a Ajanta. Enlazamos trenes y autobuses en una jornada frenética hasta que el último transporte nos dejó a las tantas de la noche en medio de nada. Where is the village? Preguntamos inquietos. Follow me, respondió un anciano que nos condujo hasta lo que en la oscuridad de la noche parecía un hotel de carretera. No había luz en ese momento así que linternas en mano echamos un ojo rápido a la habitación. Tuvimos suerte porque en aquellas circunstancias no había opción, aún y así, y para no perder la costumbre, regateamos un poco el precio inicial.


Al día siguiente caminamos unos cinco kilómetros por la carretera que llevaba al sitio arqueológico de Ajanta. En este lugar se pueden visitar más de veinticinco templos budistas escavados en la roca, algunos de ellos con casi dos mil años de antigüedad.

El lugar donde se escavaron los templos es un serpenteante cañón con bastante vegetación y un refrescante rio en el fondo del valle. Recorrimos todo el circuito entrando en cada uno de los magníficos templos. Aquel trabajo de excavación en la roca parecía imposible, pero no conformes con eso esculpieron enormes y detallados budas a los que venerar, y además cubrieron las paredes con fantásticas pinturas de técnica similar a los frescos, con la diferencia de que las pinturas se aplicaban directamente sobre la roca.





Aunque muy deterioradas aún hoy es posible apreciar escenas de la vida cotidiana de aquellos tiempos así como simbología expresada a través de animales perfectamente reconocibles hoy en día. En algunos templos trabajaba un equipo de japoneses ayudados de la más alta tecnología. Preguntamos a uno de los responsables del yacimiento acerca de aquellos trabajos. Nos dijo que habían contratado a un equipo de expertos en fotografía de alta resolución.

Su misión era documentar cada vestigio de pinturas y esculturas. El objetivo del Gobierno Indio utilizar el material resultante para trabajos de divulgación y un importante proyecto de restauración. De hecho a la entrada del complejo se estaba construyendo una réplica a tamaño real de los templos para poder mostrar a los visitantes durante el tiempo que durasen los trabajos de recuperación.









Sentados a la orilla del rio estuvimos de acuerdo que aquel lugar era fantástico y divagamos sobre sus orígenes y las gentes que allí trabajaron tan meticulosamente. Después subimos a un mirador en la parte más elevada del desfiladero para contemplar todo el conjunto y sus alrededores. Fue un día completo, y muy enriquecedor tanto para nuestra mente como para nuestro espíritu.


Felices nos recogimos, debíamos descansar y prepararnos para más kilómetros en autobús por la región central de India que nos llevarían hasta el lugar más "friki " que visitaríamos en este viaje.

 



martes, 7 de diciembre de 2010

DIU - Azotea Portuguesa


¿Qué vamos a hacer hoy? Le preguntó Jones a Indiana. Pues lo de todos los días Jones: intentar conquistar el mundo, respondió Indiana. Así; con con energías renovadas partimos de Porbandar en dirección a nuestro siguiente destino.

Diu es una isla pequeñita, antigua colonia portuguesa, y que a pesar de pertenecer a India goza de un estatus de ciudad-estado asociado con cierto grado de independencia. Aquí el alcohol no es gravado con altos impuestos como en el resto del país, y muchos indios, principalmente jóvenes, viajan hasta este lugar para disfrutar de unos días de vacaciones y poder darse a la bebida sin sufrir prejuicios, pero sobre todo, sin pagar los altos precios que se cobran en el continente por una cerveza o un whisky.

Entrada del Guest House.
Nuevamente llegamos de noche pero esta vez conseguimos fonda a la primera, y en el lugar que previamente habíamos elegido. Se trataba de un pequeño edificio adyacente a una antigua iglesia católica hoy convertida en museo de la ciudad. En el apenas se exhiben algunas mal conservadas tallas en madera de santos y ángeles de la época colonial. Desde la azotea de la Guest House se podía subir al tejado de la iglesia y desde allí disfrutar de unas privilegiadas vistas de toda la isla. Fue en aquella azotea donde conocimos a su propietario, Jorge, indio pero descendiente de portugueses quien aún chapurreaba algo de la lengua de sus antepasados. Allí nos presentó a su mujer “Florero”, ya que días más tarde nos confesaría abiertamente su homosexualidad y nos hablaría sobre su loca historia de amor con el hombre de su vida. Con todo Jorge era padre de una linda pareja de niños de entre 6 y 8 años de edad. Cuestionado por nosotros reconoció que su matrimonio era una fachada para salvaguardar el honor de su familia en un país que aún recela en aceptar la homosexualidad, y poder al mismo tiempo salvaguardar su negocio ya que mantenía una dura disputa con la iglesia y el ayuntamiento de la ciudad para poder seguir explotando su negocio en aquel edificio. Aquella noche también conocimos a algunos de sus mejores amigos quienes bebían tranquilamente a la luz de la luna y bajo un cielo estrellado. Nos invitaron a unirnos a ellos y no pudimos rechazar su amable invitación.

 
A la mañana siguiente nos lanzamos a recorrer la isla en una pequeña scooter. Visitamos algunas de las playas recomendadas para el baño pero el mar turbio debido al monzón y la presencia casi exclusiva de hombres indios nos disuadieron de hacerlo. Aprovechamos el tiempo para visitar pequeñas aldeas que por aquellas fechas se preparaban y engalanaban para celebrar el festival en honor a Ganesha, hijo de Shiva. Los días sucesivos paseamos por la parte histórica de la isla donde visitamos la principal iglesia católica que alberga también una escuela donde se mantiene la costumbre de educar a niños y jóvenes en la fe cristiana. Recorrimos las murallas del antiguo fuerte y paseamos cerca de los acantilados que lo circundan.

 
Siguiendo los consejos de nuestro anfitrión madrugamos para comprar marisco en el mercado local de pescado. Y como a quien madruga Dios ayuda, conseguimos hacernos con un buen ejemplar de langosta y unos enormes langostinos casi del mismo tamaño que la langosta por un precio irrisorio si lo comparamos con lo que podríamos pagar en Europa. Felices con nuestros manjares en la bolsa de la compra regresamos al guest house para entregárselos a la esposa de Jorge que era una excelente cocinera y preparó los deliciosos mariscos al modo portugués. 

  



Los paseos al centro de la ciudad para curiosear en los puestos del bazar local, agradables tardes de lectura, y divertidas veladas en la azotea compartiendo cerveza con algunos turistas coreanos y amigos locales completaron nuestros momentos en la isla.

El día que partimos aprovechamos el viaje de una hermana de Jorge a la ciudad donde tomaríamos el próximo tren. La hermana que había llegado de Londres unos días antes iba a buscar a dos hermanas más que venían desde Goa donde residía parte de la familia. El motivo de esta reunión familiar era honrar la memoria del padre fallecido dos años antes.




En el camino paramos en numerosas ocasiones ya que el vehículo familiar se calentaba peligrosamente y necesitaba ser refrigerado a toda hora. También paramos en una universidad para que una de las sobrinas de Jorge pudiese completar su matrícula para formarse como profesora el año próximo. Aprovechamos aquel tiempo conversando con otros estudiantes del centro y aspirantes a profesores. Finalmente llegamos a tiempo de tomar nuestro tren. Nos esperaban más de doce horas de viaje hasta nuestro siguiente destino, Ajanta.










lunes, 15 de noviembre de 2010

PORBANDAR - Tierra de grandes personas


Que excelente idea tuvo Indiana cuando, ojeando nuestra guía de viaje, apuntó la posibilidad de visitar la ciudad de Porbandar. Jamás habíamos escuchado antes este nombre, y ni si quiera es conocida salvo por ser la ciudad de nacimiento del padre de la nación India. Y justamente ese fue el punto que nos hizo cambiar nuestra ruta, la admiración que ambos sentimos hacia la persona de Gandhi. No es que seamos expertos en su biografía pero su legado es innegable, muy a pesar de que sus ideas, y sus anhelos, no hayan perdurado en el tiempo. Ay si los políticos indios tuviesen tan sólo un poquito de lo que tenía Gandhi.

Porbandar es una ciudad costera y sin ningún atractivo turístico a no ser el que ya hemos mencionado. La ciudad es pequeña, así que no tardamos mucho en encontrar el buen lugar donde acomodarnos. Además en el mismo hotel, cuyo nombre es “Lilas”, encontramos a una gran persona, Amit, manager nocturno del hotel quien se ofreció, al módico precio de cero rupias, a mostrarnos su ciudad. No estábamos acostumbrados a este tipo de ofrecimientos espontáneos en India, siempre había una segunda intención, y aunque inicialmente desconfiamos, al final nos dijimos que no teníamos nada que perder. Que podía suceder? Que nos llevara a un par de tiendas donde le pudieran pagar una comisión? Bueno nadie podía forzarnos a comprar lo que no deseábamos. El primer lugar que visitamos fue la casa donde nació Gandhi, quien provenía de familia adinerada al igual que su esposa. Su casa natal a pesar de espaciosa era sencilla. Nos contaron que realmente él vivió apenas su infancia en aquella morada, ya que su familia emigró a la sudafricana ciudad de Durban cuando aún era un niño. La casa es hoy un lugar de peregrinación para muchos indios que reconocen lo que Gandhi les dio. Y no fue sólo la independencia de su país.

Después visitamos un templo con un curioso laberinto que las personas recorrían. Interrogamos curiosos a Amit quien nos explicó que el motivo de recorrerlo de un extremo a otro es la creencia de que siempre se encontrará salida a los problemas que la vida va presentando.



 
Seguimos caminando por la ciudad y Amit era saludado permanentemente por unos y por otros. Así nos llevó hasta el mercado de frutas y verduras. Qué lindos colores, y que aromas desprendía el género que allí se vendía. La primera foto fue tímida pero después todos querían retratarse junto con los tomates, las berenjenas o los limones. Fue un momento fantástico, de pleno contacto con la realidad de aquellas personas fueran vendedores o compradores.
En la secuencia nos fuimos a visitar un pequeño museo a las afuera y lo hicimos en la moto de Amit, si, los tres. Moto sólo había una, así que aquella fue la primera triple ride de nuestra vida.



Visto lo visto y con nuestro estómagos rugiendo, le sugerimos a Amit que nos indicara algún lugar donde comer y que nos acompañara. Queríamos retribuir su amabilidad de algún modo. Os voy a llevar al mejor sitio de la ciudad y casi nos morimos de vergüenza cuando nos abrió la puerta de su casa donde vivía con su hermana, padre y madre. En India, nos decía, o cuando menos en esta casa, a un invitado se le trata como a un dios. Que le hemos hecho a este tipo para que se vuelque de esta manera con nosotros? nos preguntábamos. Mientras mirábamos el álbum de fotos de boda del hermano mayor, la madre de Amit preparó un delicioso Dal bath con derecho a postre que se reserva para ocasiones especiales. La generosidad de esta familia parecía no tener límites. Incluso nos obsequiaron, a pesar de intentar impedirlo, con ropas típicas, un sari para Indiana y unos pantalones para Jones. Hasta nos invitaron a dormir la siesta después del copioso almuerzo.

La palabra gracias se quedaba corta para manifestar nuestra gratitud no sólo por la comida y el trato recibido, como dioses, sino por haber experimentado una de las mejores vivencias del viaje. La más auténtica sin lugar a dudas. Amit no nos dejó bajo ningún concepto volver en rickshaw al hotel, así que vuelta al triplete motociclístico. Y cuando ya creíamos que las emociones habían finalizado, nuestro anfitrión nos regaló otro momento espectacular. Nos llevó hasta los astilleros que se encuentran junto al puerto, donde aún hoy día se construyen navíos de madera como hace mil años. Claro; hoy se les incorpora un potente motor para surcar mares y océanos, ya que la mayor parte de estos barcos se construyen para el comercio internacional, principalmente con países de oriente medio y África oriental. Ni corto ni perezoso Amit pidió permiso para que pudiéramos subir a bordo de uno de estos barcos en construcción, y hacerlo fue algo increíble. Subimos desde tierra por una altísima escalera hasta la cubierta inacabada. El olor a madera y brea junto con la brisa marina puso el olor a aquel precioso momento.

Cuando nos cansamos de verlo todo, de preguntarlo todo fuimos al puerto y nos subimos a uno que ya estaba en el agua y operativo. Era la comprobación de que aquel enorme montón de maderas podía flotar. El colofón a un día tan intenso y delicioso, fue ver un puerto indio en plena actividad con los repartidores de hielo, los pescadores reparando redes, las mujeres limpiando el pescado o los marineros poniendo a punto los aparejos.

Al final del día caímos rendidos y felices, muy felices por haber llegado hasta Porbandar donde felizmente encontramos a Amit. Gracias por todo amigo.


domingo, 14 de noviembre de 2010

UDAIPUR - La India de los Maharajas


Una de las habitaciones del Palacio Real.

El tiempo que nos dimos en Pushkar sirvió para descansar, pero también para evaluar nuestro recorrido. Miramos el viaje desde dentro y la perspectiva fue diferente. En lugar de recorrer todas las grandes ciudades de Rajastán, seguiríamos al sur hasta Udaipur, y desde allí al oeste para conocer la ciudad natal de Gandhi y la cercana isla de Diu. Tomamos esta decisión basándonos en nuestras motivaciones, y en nuestro deseo de seguir un circuito un poco más alternativo, menos preparado para el turista.

A Udaipur llegamos cuando la ciudad estaba amaneciendo. Encontramos alojamiento céntrico y dentro de nuestro presupuesto en un confortable Haveli o casa tradicional de la región de Rajastán.






Las extraordinarias lluvias de este año habían llenado por completo el sistema de lagos que rodea la ciudad. Un increíble proyecto de ingeniería ideado por el marajá para dar a la ciudad una apariencia de escenario de cuento de hadas. Construyó hasta un palacio en el centro del lago Pichola que hoy es uno de los hoteles más exclusivos de Udaipur. Y aunque hoy tal idea sería una excentricidad, a nosotros nos gustó aquel lugar y su entorno.

Visitamos el city palace, propiedad aún del rajá de Udaipur y su familia, quienes consiguen conservar su patrimonio gracias a sus negocios hoteleros. Parte del palacio es visitable, y parte es residencia de la familia real. Los rajás recibieron importantes asignaciones presupuestarias del gobierno indio hasta mucho después de la independencia. Finalmente y ya bien entrado el siglo XX, el parlamento suprimió los derechos reales de estas familias, y en la mayoría de los casos sus palacios pasaron a ser propiedad pública y hoy son administrados por el estado. Al final de nuestra visita al palacio nos sorprendió un buen chaparrón que nos obligó a buscar refugio. Corrimos a un pequeño restaurante donde comimos uno de los mejores thalis de todo el viaje. El chef, un joven adolescente, tenía maña en la cocina y trabajaba incansablemente para satisfacer a la clientela. Frente al restaurante y a la orilla del lago, algunas mujeres aprovechando el aguacero, tomaban baño y lavaban la ropa con la ciudad a sus espaldas.




Un paseo vespertino y una agradable cena en la azotea del hotel, desde donde disfrutamos de bonitas vistas de la ciudad iluminada cerrarían nuestro paso por Udaipur. Al día siguiente y a eso del mediodía partimos. Tomaríamos primero un autobús y después un tren hasta Porbandar, ciudad natal de Gandhi localizada en la costa oeste de India





 
Namastë








viernes, 5 de noviembre de 2010

PUSHKAR - Enjoy the silence

El viaje hasta Pushkar fue pan comido, apenas tres horas en un bus confortable y curiosamente medio vacío. Igualmente sencillo fue encontrar un alojamiento confortable, de arquitectura tradicional y auténtico sabor indio para los siguientes cuatro días. Era hora de parar para descansar.


Esta peculiar ciudad es una de las más antiguas de India, y se articula en torno a un lago sagrado. De hecho aquí se arrojaron las cenizas de Gandhi y es una especie de Meca para los hindúes. Además cuenta con uno de los pocos templos en honor a Brahma, dios responsable por la creación del mundo según el hinduismo.


Tuvimos suerte, y nuestra estancia coincidió con un importante festival religioso. Aunque a estas alturas del viaje ya no sabíamos si era suerte, o es que las festividades religiosas en este país se suceden sin parar una tras otra debido al sinnúmero de dioses y divinidades que forman parte del credo hinduista. La ciudad estaba repleta de peregrinos que llegaban de todas partes de India ofreciendo un verdadero espectáculo de color.


Era curioso ver desembarcar a grandes grupos familiares, podríamos decir que aldeas completas. Cargaban con sus escasos enseres de viaje, y algunos víveres para los días que allí pasarían. La mayor parte de ellos procedentes de regiones rurales, y rápidamente identificables por sus atuendos y sus procesiones en grupo. Delante caminaban los hombres, vestidos de blanco, con turbantes de colores chillones e inconfundibles mostachos. Detrás el resto del grupo familiar, mujeres con coloridos saris, y niños y niñas de diferentes edades.

Desde la calle que circunda el lago, era posible acceder a los ghats y escalinatas que conducen hasta las aguas sagradas para la purificación a través del baño. Allí los devotos siguen rituales similares a los que observamos en Varanasi, aunque también es posible encontrar busca vidas que tratan de sacar algunas rupias. Con la excusa de que es un lugar sagrado intentan forzarte a realizar ofrendas que debes pagar a precio de oro, o por el contrario te amenazan en tono bastante agresivo con las peores desgracias familiares etc. "Bad karma" le respondimos a uno de estos caraduras que nos levantó la voz por negarnos a caer en su armadilla para turistas. Salvo el juego de cintura del cuál tuvimos que hacer uso para zafarnos de los falsos sacerdotes y liantes varios, los días en Pushkar transcurrieron en paz y fueron de lo más tranquilos. Nos dedicamos a pasear de aquí para allá, a saborear las especialidades vegetarianas propias de un lugar sagrado, a regatear con los comerciantes de suvenires por baratijas. Después de tres días en la ciudad ya nos saludaban al pasar como si fuéramos vecinos del barrio.


Es gracioso como con apenas este tiempo se supera el estatus de visitante, y ya no insisten tanto para que entres a su local. O a lo mejor es que sabían que no éramos de los occidentales que abre la cartera a la primera de cambio, y no merecíamos siquiera el esfuerzo de atraer nuestra atención. Pero sin lugar a dudas lo que más nos impresionó fueron las celestiales puestas de sol al borde del lago. Durante los minutos que el sol caía, nuestros pensamientos se relajaban y nos fundíamos en la vida de aquel lugar. Podríamos haber repetido el mismo ritual un día tras otro sin saber cuándo nos cansaríamos, tan sólo por disfrutar de aquella visión, de aquel silencio.